La fría y dura realidad
Seamos sinceros: esta máquina de hielo no es una bestia industrial de acero inoxidable, pero tampoco lo pretende. Es el típico cacharro que compras cuando te has cansado de jugar al Tetris de cubiteras en el congelador. La he usado en la cocina, en el taller (porque sudar sobre el soldador pide bebida fría) e incluso me la he llevado de acampada. Ha sobrevivido a las tres, aunque con la última se quejó un poco.
La construcción está bien. El asa es lo bastante resistente como para aguantar un pequeño berrinche, y el panel de control es sencillo: dos botones. Hasta mi gata podría usarlo (aunque prefiere tirar cosas al suelo). El hielo que hace es pequeño y masticable, perfecto para quienes se comen el hielo como si fueran palomitas. Solo que no esperes que dure mucho en la bebida, a no ser que bebas a velocidad olímpica.
Funciones que sí valen la pena
El sensor de “hielo lleno” es muy útil, aunque a veces le entra la timidez y se para antes de tiempo. El modo de auto limpieza es una bendición, porque nadie quiere frotar la porquería de una máquina de hielo. Y en cuanto al ruido, sinceramente, hace menos escándalo que la crisis existencial de mi nevera a las 3 de la mañana. La portabilidad es su mejor baza. Llévatela a la caravana, a una fiesta o simplemente quítala de en medio cuando necesites encimera libre. Pesa menos que mi culpa después de zamparme un bote entero de helado.
¿Deberías comprarla? (Spoiler: puede)
Si eres de los que quieren hielo al momento y no piensan hipotecarse por una máquina profesional, esta es una opción muy apañada. No es perfecta, pero por lo que cuesta cumple de sobra. Eso sí, no esperes que sobreviva a un apocalipsis zombi. Para el resto, es un electrodoméstico pequeño y resultón que te hará sentirte de lujo, hasta que se te olvide vaciarla y descubras un experimento de laboratorio creciendo dentro.