Otro día, otro trozo de plástico
Y aquí estamos otra vez. Otro periférico de plástico aterriza en mi mesa. Después de años analizando accesorios para jugar, cualquiera diría que me emocionaría la promesa de una respuesta háptica revolucionaria o unos sensores hipersofisticados. Pero no: tengo en las manos el
Xbox Wireless Controller en Robot White. No es elegante ni tiene suficiente iluminación RGB como para guiar un avión hasta la pista. Tampoco promete convertirte en profesional de los deportes electrónicos de la noche a la mañana. Y, sinceramente, por eso mismo es lo único que mantengo en la mesa.
Cuando pasas tanto tiempo como yo mirando pantallas, lo último que quieres es un mando diseñado por un comité de gente que no ha sujetado uno en su vida. El mando de Xbox lleva años siendo la referencia en ergonomía, y esta versión
Robot White vuelve a recordarnos por qué no hay que arreglar lo que no está roto. Se adapta a las manos con ese peso familiar, algo contundente y tranquilizador, que transmite durabilidad en lugar de juguete barato.
La ficha técnica presume del mando direccional híbrido y del agarre texturizado. A los departamentos de marketing les encanta presentar estas cosas como si acabaran de descubrir el fuego, pero seamos serios: es un mando sólido y bien construido. Los gatillos tienen un tacto preciso, los sticks ofrecen la resistencia justa y no cruje como una tarima encantada cuando lo aprietas en una partida decisiva. Es la berlina fiable del mundo de los videojuegos mientras los demás intentan venderte un monociclo de color neón.
Lo que de verdad lo distingue de las alternativas caras y de nicho que suelo tener que soportar es la conectividad. Microsoft ha entendido que la gente juega en más de un dispositivo. Puedes pasar de tu Series X al PC de juegos y al móvil sin que te entren ganas de estampar el mando contra la pared. Ese es el tipo de función «inteligente» que sí me convence, a diferencia de la mitad de los trastos para casas inteligentes, que necesitan una actualización de firmware solo para encender una bombilla.
Los compradores no dejan de mencionar lo bien que aguanta el paso del tiempo y, después de ver cómo está construido, entiendo por qué. No pretende ser una declaración de estilo de vida. Es una herramienta. Está para ayudarte a jugar, no para reclamar tu atención con luces llamativas innecesarias o paneles táctiles delicados. Si buscas un compañero fiable y sin complicaciones para tus partidas, este se merece un sitio en tu mesa.
Funciones que sí importan
Hablemos de las funciones que de verdad influyen en tus victorias y derrotas, no de la paja que las empresas meten en sus folletos. El agarre texturizado de los gatillos y la tapa trasera es un detalle discreto, pero funciona. Cuando te empiezan a sudar las palmas en mitad de una pelea contra un jefe, el mando se queda donde debe: en tus manos, no volando por el salón.
El mando direccional es la estrella de la función. El diseño híbrido resulta práctico, algo casi milagroso en un sector al que le encanta reinventar las cosas porque sí. Tanto si recorres menús como si juegas a un clásico de lucha, ofrece la precisión que te hace preguntarte por qué a los demás les costó tanto dar con la tecla. Hace clic, responde al instante y hace exactamente lo que esperas.
Y luego está el asunto de las pilas. Sí, todavía hablamos de pilas AA a estas alturas. Por un lado, es un fastidio tener pilas desechables por casa. Por otro, significa que el mando no se convertirá en un pisapapeles en cuanto la batería interna de iones de litio decida jubilarse dentro de tres años. Es un compromiso, pero para un dispositivo tan resistente estoy dispuesto a cambiar las pilas de vez en cuando y que siga funcionando durante mucho tiempo.